Todo fue intenso aquella noche, desde el encuentro casual, en el pub, hasta el despertar de la mañana.
Yo soy una mujer madura, que tengo muy claro lo que quiero, y Marta una chiquilla consentida, que buscaba nuevas experiencias y diversión. Al principio pretendió burlarse pero quedó totalmente deslumbrada por la pasión de una noche.
Ella estaba con un grupo de amigos de su edad, tomando unas copas y bailando. Cuando llegué con unas amigas y nos sentamos cerca de ellos. Yo había ido con alguien bastante cercano aunque no teníamos ningún compromiso formal. El hecho es que les llamó mucho la atención a los jovencitos, vernos bailar juntas y acariciarnos.
Marta me observaba con mucha curiosidad, pero también con una sonrisa burlona. Me gustó desde el comienzo, y al mismo tiempo me fastidió su actitud de manera que decidí darle una lección.
Comencé a mirarla, y sonreírle, hasta que me acerqué, le invité un sorbo de mi copa y comenzamos a bailar. Se puso bastante nerviosa, pues no esperaba mi actitud, pero su juventud y osadía la obligaban a seguirme el juego. Un rato después volvió con su grupo y se notaba de lejos el nerviosismo de sus amigos y los comentarios burlones.
Después de un rato, fue ella quien se acercó y salimos a fumar a la terraza para poder conversar:
Marta – eres muy linda, ¿qué pasó con tu amiga? Clara – nada, en realidad somos amigas intimas pero sin compromisos. Tú eres muy bonita, ¿cuántos años tienes? Marta – tengo 20.
Su actitud era desafiante y provocadora, estaba tan buena la pendeja, que me daban ganas de tomarla ahí mismo. Realmente hacía tiempo que no estaba con una mujercita tan joven y fresca. Yo tengo 50, muy bien llevados, pero son 50 años. En fin seguimos conversando, cada vez más intimas, más cercanas, hasta que nos besamos. Al principio la noté confundida, pero sin dejarla pensar mucho la tomé de la cintura la apreté contra mi cuerpo y volvimos a besarnos. Seguí avanzando: